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El abanico como gesto


 

Durante mucho tiempo hemos creído que los objetos solo tienen una función.
El abanico, refrescar.
Pero hay objetos que hacen algo más sutil: marcan un gesto.

Un abanico no se abre solo cuando sube la temperatura.
Se abre cuando una decide hacer una pausa.
Cuando entra en una habitación sin prisa.
Cuando observa antes de hablar.

En los salones de otros siglos, el abanico era lenguaje.
Decía “espera”, “no”, “tal vez”, “mírame”.
No era práctico: era expresivo.
Un objeto íntimo y público a la vez.

Hoy vivimos acelerados, resolviendo, reaccionando.
Y quizá por eso nos atraen los gestos lentos.
Los objetos que no exigen, que acompañan.
Los que no irrumpen, sino que ordenan el tiempo.

Abrir un abanico es un sonido breve,
un movimiento contenido,
un segundo en el que todo se detiene un poco.
No refresca solo el aire: refresca el momento.

No todos los objetos son neutrales.
Algunos hablan por nosotras.
Un abanico, como un pañuelo o unos guantes,
dice algo de quien lo usa:
que observa, que se toma su tiempo,
que entiende la elegancia como una forma de presencia.

El abanico no es para el calor.
Es para el ritmo.
Para recordar que hay cosas que se usan cuando una quiere,
no cuando toca.